El amanecer en el valle de Aburrá no es el mismo que en otras regiones del país. Las exuberantes hojas de los filodendros se nutren de esa humedad tropical que difícilmente se aprecia en los desiertos de La Guajira, en territorios lejanos donde pocos han podido llegar con sus propios pies.

La historia cuenta que hasta hace no muchos años, esa humedad en realidad eran lágrimas alimentadas por el miedo y la inseguridad. En tiempos en los que salir a la calle era probablemente una odisea, sobre todo para aquellos que tuvieron la desdicha de nacer en zonas controladas por grupos armados, parte del narcotráfico y la guerrilla. Quizás esa es la imagen que ha quedado arraigada en los extramuros, en tierras lejanas donde poco y nada saben de la realidad y de la verdadera situación que se respira hoy en Medellín, algo muy diferente a la vergonzosa distinción que tuvo en 1991 como la ciudad más peligrosa del mundo.

¿Cómo fue posible pasar de ser una ciudad segregada, con serios problemas de movilidad urbana, delincuencia y carencia de espacios públicos a convertirse en el ejemplo a seguir para América Latina y el mundo?

Primero hay que tener en cuenta el contexto de la ciudad, la cual por sus condiciones topográficas, se ha visto obligada a crecer de forma lineal y en altura, con densidades bastantes altas. Asimismo, se encuentra rodeada de numerosos asentamientos informales, donde se localizó la población que no tenía acceso a la vivienda, a los cuales en un principio no llegaban los servicios públicos, multiplicando el círculo vicioso de la pobreza y la desigualdad en el acceso a oportunidades. Además, dichos asentamientos fueron apoderados por grupos dedicados al narcotráfico, convirtiéndose en nidos de violencia e impenetrables en muchos casos por las fuerzas policiales.

El proceso de transformación fue complejo y para nada color de rosas. La cantidad de sangre derramada en la lucha contra el narcotráfico es sin duda un elemento a considerar. Sin embargo, la inversión pública llevada a cabo posteriormente, es el elemento clave. Vino acompañado de un acabado proceso de gobernanza y de generación de redes de actores y líderes que actuaban a los más diversos niveles de acción. Era necesario además, contar con la aprobación de la ciudadanía, por lo que los proyectos en general recogen sus principales necesidades, estando enfocados en la educación, la cultura, la organización comunitaria, la seguridad y la movilidad. Es por eso que en Medellín hablamos de “urbanismo social”, teniendo en cuenta a la sociedad y a la ciudad como ejes principales de la transformación y que se materializa en proyectos de gran envergadura como la construcción de infraestructura de movilidad aérea y terrestre (Metro de Medellín, Tranvía y Metro Cable), la urbanización de muchos asentamientos informales, la instalación de escaleras eléctricas en San Javier para mejorar la movilidad al interior del cerro, bibliotecas, parques, centros culturales y espacios públicos de gran calidad, que son apreciados y cuidados por la ciudadanía. Estas actuaciones permiten llegar con infraestructura a los rincones más recónditos de la urbe, permitiendo que todos sus habitantes, incluso aquellos que habitan áreas tradicionalmente pobres, tengan una mejor calidad de vida y se produzca una mayor posibilidad de ascenso social gracias a la accesibilidad a derechos tan básicos como una educación de calidad, bibliotecas, espacios de recreación y encuentro, y movilidad digna hacia otras áreas de la ciudad.

En este sentido, los territorios pueden tener muchas lecturas. Son entes que se transforman en el horizonte temporal, a partir de fuerzas centrífugas y centrípetas que palimpsestan, al igual que las capas que componen un pastel la imagen presente, que en realidad no es más que parte de esa misma transformación. En treinta años pueden hacerse muchas cosas. Por eso la ciudad de Medellín de los años ochenta y ese imaginario crudo y oscuro que ha quedado plasmado en la sociedad no tiene nada que ver con la moderna ciudad que es hoy en día. Es una ciudad amable, tranquila, con una dotación de servicios públicos muy alta, paradigma de la movilidad urbana para América Latina y el mundo. Todavía existen muchos desafíos, que finalmente forman parte de los mismos males que azotan a todos los países latinoamericanos como la violencia, la inseguridad, el narcotráfico y sobre todo, la desigualdad.

Es innegable que la inversión pública si bien ha regenerado tejidos sociales y ha ayudado a mejorar la calidad de vida de millones de personas que viven en asentamientos informales, también ha traído efectos adversos como la gentrificación y cambios en la composición social de los barrios. Es relevante entender que los procesos conllevan a externalidades de diversa índole, pero que en este caso, son más los aspectos positivos que los negativos. Los medios de comunicación venden un imaginario que sólo produce un miedo a conocer lugares tan interesantes como el relatado en estas líneas. La ciudad de Medellín y su gente se encargan de mostrar poco a poco que es un espacio tranquilo y lleno de personas amables, que al subir a un bus conversan, se ríen con el conductor y ayudan a las personas con mayores necesidades a subir y descender. Eso es comunidad. Queremos más Medellines en América Latina.

Fotos: Uri Colodro G.

Uri Colodro
Geógrafo y Licenciado en Geografía, Pontificia Universidad Católica de Chile. Candidato a M.Sc. en Gobernanza de Riesgos y Recursos, Ruprecht-Karls Universität Heidelberg. Sus mayores áreas de interés corresponden al ámbito de la geografía urbana, social y cultural. Dedicado a la investigación y la consultoría. Lector apasionado y escritor de medio tiempo. Libera tensiones en la cocina y saliendo a dar paseos por la ciudad.

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